04 Sep, 2010 9:04 AM

Fue así como fui conociendo al cantautor Felipe Peláez, Escrito de un salsero.

Por Haroldo Martínez

Mis panas salseros, los fundamentalistas, me van a fusilar cuando lean el título de esta columna porque pensarán que estoy dejando la salsa para volverme vallenatero, pero sé que al final se la pillarán.

Se trata de un rollo mío con lo que se conoce como ‘vallenato’, el cual conozco desde mi niñez.

Siempre me ha parecido que lo que en últimas lo define -más allá del acordeón, la guacharaca, la caja y el ritmo- es la lírica. En mi infancia en ‘La Samaria’ crecí escuchando las composiciones y la mitología de los reconocidos como “juglares vallenatos”.

Los pioneros: Francisco El Hombre, Juan Solano, Luis Pitre, Pedro Nolasco Martínez y, después, Emiliano Zuleta, Lorenzo Morales, Alejo Durán, Calixto Ochoa, Abel Antonio Villa, Toño Salas. No importaba si el ritmo era puya, paseo o merengue, se trataba de vallenato con buena letra.

Un cierto día, todo se salió de madres y el vallenato se convirtió en un fenómeno cultural, social, económico, muy complejo en el que hubo de todo: desde composiciones de una cierta hechura poética hasta niveles de vulgaridad inenarrables. En ese ‘Big Bang’ del vallenato la música alcanzó tales niveles de desarrollo que nos tienen escuchándolo con timbales, piano, metales, violines. La gran perjudicada fue la lírica.

Con el respeto que me merece todo artista, debo decir que la cosa llegó al extremo en que cualquiera se creyó compositor vallenato y, ay, mi madre, hemos escuchado lo divino y lo humano. Eso me alejó de la actualidad, me refugié en los clásicos y me volví selectivo con el vallenato que quería escuchar. Aunque de manera pasiva, en el picó del vecino, seguía escuchando lo que estaba de moda. Fue así como fui conociendo al cantautor Felipe Peláez. Lo primero que fue llamando mi atención, por supuesto, fue su composición, la forma de elaborar las metáforas para hablar de la belleza, el sentimiento o la ironía.

Uno siente que en esa forma de decir hay trabajo de compositor, de autor que no se conforma con la idea inicial y la decanta hasta llevarla a la sencillez que captura. Lo siguiente, fue su estilo, su sello personal, en lo que podría denominarse “vallenato urbano contemporáneo”, las nuevas composiciones que están distantes de lo rural e imbricadas en los recovecos de la ciudad.

El canto al amor no es ya aquella cosa inocente del campo sino que se inscribe en la neurosis de la capital. Peláez es brillante, agudo, sutil, sublime, creando metáforas de neón, símiles de hormigón. Lo he visto en presentaciones en vivo desde bien cerca, en las primeras filas, y he podido apreciar en detalle su trabajo como artista.

Es un profesional serio, muy respetuoso del público y de sus músicos, jamás un gesto fuera de lugar, nunca la vulgaridad. Sobrio en el escenario, concentrado en su trabajo, su show se basa en la lírica, no en la morisqueta. Es un buen estímulo para regresar. Felipe Peláez me ha devuelto el vallenato que se me había perdido.

Ya tengo su reciente CD, original, contra la piratería, y me voy a sentar a estudiarlo este fin de semana con par frías. Contagiado con este nuevo aire del vallenato permítaseme un grito de parranda con acordeón: ¡Ese es mi compadre Pipe, nomejoñe!

haroldomartinez@hotmail.com

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